En 1998 cuando cumplí los 10 años de edad, llegó al poder el presidente Hugo Chávez. Tengo en la memoria las palabras que mi abuela siempre repetía y con las que hoy comulgo más que nunca: “Yo no voto por militares”.
Han pasado 14 años con aciertos y defectos, y seguimos gobernados por la misma persona. Muchas cosas han pasado desde entonces, nueva constitución, desastres naturales, golpes de estado, paros petroleros, decenas de procesos electorales, etc. Y mi balance es que hemos empeorado de manera progresiva.
Mientras fui creciendo, graduándome de bachiller y posteriormente de ingeniero, he podido evidenciar de cerca el deterioro que hemos sufrido. Cosas que hacia hace 5 años, son impensables hacerlas ahorita. La inseguridad nos ha llevado a limitarnos a “los jóvenes” de lo más preciado en esta edad: divertirnos.
Recuerdo salir a pie en las noches, caminar por la Francisco de Miranda, regresar en carrito a las 4 am desde Plaza Venezuela, amanecer en la esquina con los amigos, cosas que ahorita sencillamente son imposibles de hacer a menos que quieras ser víctima del hampa.
Por otra parte, vivimos de cerca el nivel de intolerancia y agresividad que se ha sembrado poco a poco en el venezolano. Los insultos en las colas, las malas caras, los reclamos son nuestro pan de cada día. Pareciera que las palabras: “buenos días”, “gracias”, “hasta luego”, “en qué puedo servirle”, etc. fueron extraídas de nuestro vocablo. Y que decir sobre las peleas entre rojos y azules, donde ambos creen tener la razón, pero no se dan cuenta que cada vez son menos los que comulgan con ellos. Pero lo peor, es la resignación en la que hemos caído, en acostumbrarnos a no salir de noche, a tener que recorrer varios automercados para conseguir los productos, etc; Porque evidencia que nos estamos dando por vencido, lo cual es inaceptable.
Nos hemos convertido en un país donde las madres no duermen esperando que sus hijos lleguen, donde tenemos que estar pendientes al llegar a nuestras casas para no ser sorprendidos por algún antisocial, donde hay que correr hacia el carro para montarte y prenderlo lo más rápido posible, donde la paranoia se ha convertido en nuestro estado natural.
La solución a todo esto no la tiene un mesías rojo, azul, anaranjado y de ningún color, la solución está en cada uno de nosotros, en dar lo mejor de cada uno día tras día, en tender la mano cuando haya que hacerlo y ponerla dura cuando la ocasión lo amerite, en entender que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos. ¿Seremos capaces de lograrlo?